Escribir una novela, un relato o un cuento, no es tarea fácil, de hecho, es más difícil de lo que
pueda parecer, intentar que un lector desconocido se sumerja en tu historia o tu relato, no es algo
fácil de conseguir. Es más, cuando se consigue emocionar a un lector, el escritor ya se puede dar
por satisfecho, pues su misión la ha conseguido con creces.
Para poder llegar a emocionar es importante tener en cuenta varios componentes que harán que
nuestro relato tenga relevancia en la vida del lector, para ello, es muy importante, como ya hemos
hablado anteriormente, una buena construcción de los personajes, de la trama y la ambientación
de la historia. También es cierto que, para hacer una buena construcción del personaje, no solo
nos tenemos que centrar en su pasado, saber de dónde viene es importante, pues nuestro
pasado marca lo que somos en el presente y las decisiones que tomaremos hoy que afectaran de
lleno en el futuro pero, no todo es eso.
Saber qué siente el personaje es importante, saber qué piensa también, aunque no tenga nada
que ver con su forma de actuar después. También es de suma importancia saber el componente
fisiológico pero… ¿y eso qué es? Pues se refiere directamente a saber qué siente el personaje y
cómo ese sentimiento se refleja a nivel físico, en su propio cuerpo.
Un ejemplo muy sencillo podría ser que el personaje sintiera mariposas en el estómago cuando
está enamorado o que sienta un nudo en la garganta cuando tiene ganas de llorar.
Esto nos ayuda a entender mucho mejor al protagonista, ponernos en su piel y, sobre todo,
humanizar a un personaje que a priori, es inventado.