Clementina, la abuela contrabandista: la divertida y valiente historia de Nazaret Araujo que enamora a grandes y pequeños.

1. Esta es tu primera publicación, aunque ya cuentas con experiencia en animaciones y cuentacuentos. ¿Cómo ha sido dar el salto de narrar historias oralmente a ver una de ellas convertida en un libro?
Ha sido y sigue siendo una experiencia muy emocionante. Al principio estaba ilusionadísima, casi como una niña con zapatos nuevos, pero también sentía un nudo en el estómago: una mezcla de alegría y vértigo. Llevo años contando e inventado historias pero ver una de ellas convertida en libro me hizo sentir mucha responsabilidad y cierta inseguridad. Pensaba:” ¿Estaré a la altura? ¿Sabré trasladar la emoción sin estar ahí, frente a los ojos de los peques?”
La narración oral tiene ese calor inmediato: puedes improvisar, cambiar el tono, alargar un silencio, dejarte llevar por la risa de una niña o por la sorpresa de otra. En cambio, el libro es otra cosa. Es solitario, silencioso, y te obliga a confiar en tus palabras sin ver el efecto que causan. Recuerdo que cada vez que releía el texto cambiaba algo, nunca encontraba la versión definitiva. Y, la verdad, aún hoy lo leo ya impreso y seguiría cambiando cosas.
Pero he aprendido muchísimo en el camino. Este libro me ha hecho crecer, me ha recordado que escribir también es una forma de escuchar, aunque el eco llegue más tarde. Y, sobre todo, me ha dado ganas de seguir aprendiendo, de seguir contando historias , con voz o con tinta .

2. ¿Qué sentiste al ver por primera vez tu cuento terminado, con tus palabras y tu historia plasmadas en papel?
¡No me lo acababa de creer! Fue como cumplir un sueño que pensaba que era inalcanzable, reservado solo para grandes artistas con un don especial. Lo observé despacio, como quien sostiene un tesoro: pasé las páginas una a una, disfruté de cada ilustración, del tacto, del olor a nuevo… y me quedé en silencio disfrutando como una niña pequeña.
Pensé en grabar el momento, hacer unboxing, pero enseguida supe que no. Quería vivirlo con calma, sin cámaras, solo con mi familia . Era como tener un secreto, como cuando Clementina salía de noche a cruzar fronteras sin que nadie la viera.
Me hacía mucha gracia leer mi propio nombre en la portada. Al final, creo que no terminé de creérmelo del todo hasta que el libro estuvo allí, en mis manos, mirándome en silencio, como si me dijera: “Ya ves… lo hiciste.”

3. Clementina, la protagonista de tu cuento, está inspirada en tu abuela. ¿Podrías contarnos un poco más sobre ella y cómo influyó en la creación de esta historia?
Mi abuela fue el origen de todo. Clementina, la protagonista de mi cuento, nació de ella: de su fuerza, su carácter y esa mezcla de picardía y coraje que solo tienen las mujeres que han vivido mucho. Mi abuela tuvo una vida durísima. Ser mujer en su época ya era una aventura más grande que la del propio contrabando. Vivió una guerra, una dictadura y, además, tenía seis hijos a los que alimentar. Y claro, cuando la necesidad aprieta, el miedo se hace pequeño. En su pueblo, las mujeres no esperaban a que las cosas mejoraran: salían al monte, cruzaban la frontera con Portugal, y traían lo que podían para sobrevivir. El café, en aquellos años, era casi oro.
Lo más increíble es que mi abuela era pequerrechiña, no llegaba al metro cincuenta. Siempre me ha sorprendido cómo una mujer tan menuda podía hacer algo tan peligroso: cruzar la frontera de noche, por el monte, con algo ilegal a cuestas, esquivando guardias en tiempos del dictador Franco. Aún hoy me parece imposible. Yo, desde luego, nunca me atrevería.
Ella siempre fue valiente, trabajadora incansable, decidida, con un sentido del humor ácido y una energía que contagiaba. Recuerdo que, cuando las nietas íbamos a su casa, había que ayudar con las vacas o las labores del campo… pero al anochecer todo cambiaba. Sacaba la armónica, las cucharas de madera, incluso las tarteras de la cocina, y montaba conciertos hasta que nos dormíamos de pie ( ¿os recuerda a alguna escena?

4. ¿Qué te atrajo de la idea de unir hechos reales, como el contrabando de café durante la dictadura, con elementos de ficción y fantasía?
Ahora que ya tengo unos años me doy cuenta de que mi abuela no contaba las aventuras de aquellos años difíciles con tristeza sino que se reía recordando aquellos momentos de sustos provocados por cualquier ruido en los que lanzaban por el aire todo lo que llevaban , los momentos en los que tenían que esconderse porque se cruzaban con más gente, las quedadas secretas con las vecinas, las que escondían los sacos en la barriga y se hacían las embarazadas… y empecé a imaginar esas escenas y olvidar otras que me contaba más duras. Volví a esa parte luminosa de mi infancia en la que la veía como una heroína. Mi abuela murió hace años, ciega, con Alzheimer y Párkinson. Ya no podía contarme sus aventuras, y me quedó ese vacío de todo lo que no llegué a preguntarle.
Y quizá fue ahí donde se juntaron mis pasiones:La familia ,que es lo mejor de mi vida y las historias, mi día a día. En el cole siempre recojo los relatos de los abuelos de mis peques, porque creo que no deben perderse y un día, entre una anécdota y otra, empecé a recordar las aventuras de mi abuela con una sonrisa, con ese tono divertido y aventurero con el que ella misma las habría contado. Les añadí un poco de magia, de fantasía… y así nació Clementina. mágica, valiente y aventurera.
Me gustan las historias reales, las tradiciones , leyendas y secretos de cada pueblo . Pero también me gusta que la gente sonría, que no perdamos nunca el humor y lo encontremos hasta en los lugares menos habituales , quizá porque al trabajar con niños me doy cuenta que lo que los hace únicos y maravillosos es esa forma de ver el mundo con ilusión y sentir que todo es mágico.

5. Has mencionado que el cuento busca unir pasado y futuro. ¿Qué mensaje o valores te gustaría que los niños —y también los adultos— se lleven al leerlo?
Me gusta pensar que este cuento es un puente entre tiempos. Que une lo que fuimos con lo que somos. A veces me da pena ver cómo el pasado se va quedando atrás, como si ya no tuviera sitio. Y, la verdad, me gustaría que los niños —y también los adultos— recordaran a sus abuelos, a sus bisabuelos, a esas personas del barrio que todos tenemos en la memoria. No como algo viejo o pasado de moda, sino como algo mágico, divertido, lleno de vida. Porque esas historias, contadas al calor de la chimenea o en un banco de la plaza, también forman parte de quiénes somos.
Además, me entristece un poco esa costumbre de enfrentarlo todo: “es que los jóvenes de ahora…”, “es que los de antes…”. Y es que cada generación tiene su luz, su manera de mirar el mundo. Me gustaría que pudiéramos disfrutar de lo bueno de cada época y, lo que no nos guste, aprender a verlo con la ilusión, la bondad y la fantasía con la que los niños lo miran todo.
En el fondo, el cuento habla de eso: de la amistad, de la colaboración, de no aceptar fronteras que nos separen, ni físicas ni del corazón. Y de disfrutar de todo lo que nos une, venga de donde venga —de otro país, de otra cultura, o simplemente de otra edad—. Porque cuando el pasado y el futuro se dan la mano, la vida se vuelve un poquito más hermosa.

6. Como profesora de infantil, conoces muy bien el mundo de los niños. ¿Cómo crees que tu experiencia docente ha influido en tu forma de escribir y contar historias?
Mi experiencia como profesora de infantil ha influido totalmente en mi forma de escribir y contar historias. La verdad es que no habría escrito un libro si no fuera maestra. Nunca me habría atrevido a contar un cuento en público si no llevara tantos años haciéndolo cada día en el aula. Y es que ahí, rodeada de miradas curiosas y risas espontáneas, aprendí lo esencial: cómo cambia una historia cuando la escuchan los niños, cómo respiran contigo cada palabra, cómo te hacen ver si algo les emociona o si se ha perdido la magia.
Además, Clementina no existiría sin ellos. Antes de escribirla, la conté muchas veces en clase, improvisando, adaptándola según sus reacciones. Ver sus ojos brillar fue lo que me animó a ponerla en papel. En infantil no pasa un solo día sin que se cuente una historia, un cuento, una aventura. Desde hace más de 25 años me apasiona buscar libros que me hagan disfrutar, que diviertan, que aporten riqueza a mis proyectos o simplemente me ayuden a contagiarles amor por la lectura.
Cada profe tiene un don, una pequeña chispa que lo hace único. La mía, sin duda, es la lectura. Y ahora, al pasar al otro lado —al ser yo la que escribe—, siento que empiezo un nuevo viaje. Uno que me mantendrá aprendiendo siempre, con la misma ilusión que veo cada día en los ojos de mis peques cuando abro un libro.

“Clementina, la abuela contrabandista” es mucho más que un libro: es un homenaje a la valentía, la memoria familiar y la creatividad. Nazaret Araujo nos recuerda que las historias pueden unir generaciones, educar y divertir a la vez, y que cada anécdota, por pequeña que parezca, tiene el poder de inspirar y mantener viva la esencia de quienes nos precedieron. Este cuento es un puente entre pasado y futuro, lleno de humor, ternura y aventura.

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