Quiero publicar un libro. La frase que más escucho como editor.

Hay una frase que escucho constantemente.

De hecho, podría decir que forma parte de mi día a día.

«Quiero publicar un libro.»

A veces llega por correo electrónico. Otras veces en una llamada. También aparece en ferias, presentaciones o conversaciones improvisadas en una cafetería. Detrás de esa frase suele haber una mezcla de ilusión, nervios e incertidumbre.

Y es completamente normal.

Porque escribir un libro y publicar un libro son dos aventuras diferentes.

Lo sé porque llevo años trabajando con autores. He visto manuscritos llegar recién terminados después de diez años de trabajo. He conocido escritores que estaban convencidos de que su obra estaba lista para imprenta y otros que dudaban incluso de si merecía la pena enseñarla a alguien.

Con el tiempo he aprendido algo importante: casi todos los autores tienen las mismas dudas cuando terminan su libro.

Por eso he querido escribir este artículo.

No para hablarte de servicios editoriales.

No para venderte nada.

Simplemente para contarte qué ocurre normalmente después de escribir la palabra «fin».

El momento más extraño de todo el proceso

Curiosamente, terminar un libro no suele generar la sensación que la mayoría imagina.

Muchos autores creen que sentirán una felicidad inmensa.

Y sí, hay alegría.

Pero también aparece algo más.

Vacío.

Dudas.

Inseguridad.

Después de convivir durante meses o años con una historia, de repente surge una pregunta que nadie te había enseñado a responder:

«¿Y ahora qué hago?»

Es una pregunta lógica.

Porque escribir un libro es un acto creativo. Publicarlo implica entrar en un mundo completamente distinto donde aparecen conceptos como corrección, maquetación, diseño, distribución, promoción o derechos editoriales.

Y para la mayoría de escritores todo eso resulta desconocido.

El error que veo con más frecuencia

Si tuviera que señalar un error que veo repetirse una y otra vez sería este:

Pensar que el manuscrito está terminado porque ya está escrito.

Son dos cosas diferentes.

Recuerdo perfectamente conversaciones con autores que me decían:

«Ya está revisado.»

Cuando les preguntaba cuántas veces lo habían corregido, la respuesta era:

«Muchas.»

Y estoy seguro de que era verdad.

Pero también sé algo que ellos todavía no habían descubierto.

Nadie lee peor su propio libro que quien lo ha escrito.

Parece una contradicción, pero no lo es.

Cuando llevas meses trabajando sobre un texto, tu cerebro deja de leer palabras. Empieza a leer ideas.

Completa frases automáticamente.

Ignora errores.

Rellena huecos.

Por eso la corrección profesional sigue siendo una de las fases más importantes de cualquier publicación.

No porque los autores escriban mal.

Sino porque todos necesitamos una segunda mirada.

Yo incluido.

La portada importa más de lo que nos gustaría admitir

Existe una frase muy repetida:

«No hay que juzgar un libro por su portada.»

Como lector estoy de acuerdo.

Como editor sé que ocurre exactamente lo contrario.

Todos juzgamos un libro por su portada.

Todos.

Lo hacemos en una librería, en una feria o mientras navegamos por internet.

La portada es la primera conversación entre una obra y un posible lector.

Y esa conversación dura apenas unos segundos.

He visto libros extraordinarios perjudicados por portadas que no transmitían su calidad.

Y también he visto obras modestas despertar interés gracias a una identidad visual bien construida.

Por eso nunca considero la portada como un simple elemento decorativo.

Forma parte de la propia historia.

Lo que nadie suele contar sobre publicar un libro

Cuando alguien me dice que quiere publicar, normalmente piensa en imprentas.

Piensa en ejemplares.

Piensa en el momento de sostener el libro entre sus manos.

Es lógico.

Es una imagen poderosa.

Pero la realidad es que imprimir suele ser una de las partes más sencillas de todo el proceso.

Lo complicado viene después.

Porque una pregunta es cómo publicar un libro.

Y otra muy diferente es cómo conseguir que alguien lo lea.

Ahí es donde empiezan los verdaderos desafíos.

El problema no es publicar. El problema es existir.

Cada año se publican miles y miles de libros.

Muchos más de los que imaginamos.

Cuando una obra sale al mercado no compite únicamente con títulos similares.

Compite con la atención de las personas.

Con plataformas digitales.

Con redes sociales.

Con series.

Con videojuegos.

Con el ritmo acelerado de la vida actual.

Por eso la visibilidad se ha convertido en uno de los grandes retos del sector editorial.

Un buen libro necesita lectores.

Y para llegar a ellos hace falta algo más que una buena historia.

Lo que he aprendido trabajando con autores

Si algo me han enseñado los últimos años es que no existe un único camino hacia la publicación.

He trabajado con autores que tenían muy claro lo que querían desde el primer día.

Y también con otros que llegaron llenos de dudas.

Algunos buscaban cumplir un sueño personal.

Otros querían construir una carrera literaria.

Algunos escribían para compartir una experiencia vital.

Otros perseguían objetivos profesionales.

Y todos tenían algo en común.

Necesitaban acompañamiento.

No porque no fueran capaces de hacerlo solos.

Sino porque publicar implica tomar muchas decisiones.

Y es difícil conocer un terreno que nunca has recorrido.

Más allá de la publicación

Hay una parte del trabajo editorial que pocas veces aparece en los artículos sobre escritura.

Sin embargo, ocupa una gran parte de nuestro tiempo.

La vida del libro después de su lanzamiento.

Presentaciones.

Ferias.

Entrevistas.

Contactos con medios.

Bibliotecas.

Distribución.

Exportación.

Derechos internacionales.

Encuentros con lectores.

Cuando alguien me pregunta qué hacemos en la editorial, siempre me cuesta responder en una sola frase.

Porque nuestro trabajo no consiste únicamente en fabricar libros.

Consiste en ayudar a que esos libros encuentren oportunidades.

Y muchas veces esas oportunidades aparecen donde menos las esperamos.

Una conversación que se repite constantemente

Hay algo que suelo decir a los autores durante nuestras primeras reuniones.

Nadie publica solo un libro.

Aunque parezca una contradicción.

Lo que realmente publica es una parte de sí mismo.

Sus ideas.

Sus experiencias.

Su imaginación.

Sus años de trabajo.

Por eso entiendo perfectamente los nervios que aparecen durante el proceso.

Porque detrás de cada manuscrito hay algo más importante que un archivo de Word.

Hay una historia personal.

Si has terminado tu libro

Si has llegado hasta aquí porque acabas de terminar un manuscrito, quiero decirte algo.

Has completado una parte muy difícil del camino.

Más difícil de lo que muchas personas creen.

Ahora toca descubrir qué posibilidades tiene tu obra, qué recorrido puede tener y qué pasos conviene dar para que llegue a los lectores.

Cada libro es diferente.

Cada autor también.

Y quizá esa sea una de las razones por las que sigo disfrutando tanto de este trabajo.

Porque detrás de cada manuscrito aparece una nueva historia.

Y nunca sabes cuál será la siguiente.

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